viernes, 20 de enero de 2012

Había una vez.

Había una vez, una chica distinta a todas las chicas, o a la mayoría. Ella tenía tantas cosas en su corazón, tantos sueños e ilusiones que no podía cumplir, que veía tan lejanos. Le costaba darse cuenta de lo afortunada que era, pero no por insaciable. No le faltaba nada para ser feliz, y lo era, pero no podía desprenderse de aquellas cosas que llegó a amar profundamente, de esas cosas que tanto dolor le causaron. Y tampoco era por mazoquista, era por tener un alma tan inocente. Inocente, no en el sentido de la pureza y juventud, sino en el sentido de la falta de experiencia. Se le mezclaban todas las emociones como en una sopa y no sabía que hacer con ellas. Y lloraba. Lloraba y no le importaba nada más. En momentos, llegaba a pensar que realmente se encasillaba en eso que le causaba dolor o nostalgia, pudiendo evitar ir a ese lugar oscuro dentro de ella. Pero entendía que evitar los problemas, no los solucionaba, y se permitía desahogar todo eso que tenía dentro. Para salir renovada y sentir el aire fresco de una nueva mañana, con un nuevo sol brillando para ella. Porque mañana, mañana va a salir el sol.

F

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